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El arte de Burning Man: crear, arder y aprender a dejar ir

Durante unos días, el desierto se convierte en una ciudad imposible. Después, el fuego y el polvo se llevan casi todo. ¿Por qué nos cautiva tanto el arte de Burning Man?

Burning man
Burning man

Siempre que veo imágenes de Burning Man pienso en lo mismo: ¿por qué alguien dedicaría meses, incluso años, a construir una obra monumental destinada a desaparecer?

Quizá precisamente ahí se encuentra lo que más me cautiva.

La historia comenzó en 1986, cuando Larry Harvey y Jerry James construyeron una figura de madera y la quemaron en Baker Beach, San Francisco, frente a un pequeño grupo de personas. No había grandes escenarios ni una organización detrás; solo una figura ardiendo y una multitud que, casi espontáneamente, dejó de observar para convertirse en parte del momento.

Burning Man
Burning Man

En 1990, el encuentro se trasladó al desierto de Black Rock, en Nevada. En medio de aquel territorio inmenso comenzó a levantarse una ciudad temporal que hoy conocemos como Black Rock City: un espacio que existe durante unos días y después desaparece.

Aunque muchas veces relacionamos Burning Man con fiestas y música electrónica, para mí su verdadera fuerza está en el arte. Esculturas gigantes, templos, criaturas mecánicas, vehículos transformados y estructuras luminosas aparecen en un lugar donde normalmente no existe nada. No están encerradas en un museo ni separadas del público. Puedes rodearlas, atravesarlas, tocarlas y formar parte de ellas.

Eso cambia por completo la experiencia.

En Burning Man no existe una frontera clara entre el artista y el espectador, porque todos contribuyen a construir ese mundo. La creatividad no se presenta como algo lejano o intocable, sino como una experiencia colectiva. Durante unos días, miles de personas aceptan vivir dentro de una ciudad creada a partir de la imaginación.

Y después llega el fuego.

FIRE
FIRE

Algunas de las obras más importantes son quemadas. Otras se desmontan sin dejar rastro. Al principio, esta idea puede parecer contradictoria: ¿por qué destruir algo que requirió tanto esfuerzo? Pero creo que ahí está su mensaje más poderoso. No todo lo valioso necesita permanecer.

El arte también puede existir solamente para transformar un instante y quedarse en la memoria de quienes lo vivieron.

Por eso Burning Man me resulta tan cautivador. No solo convierte el desierto en una obra colectiva; también nos obliga a aceptar que todo es temporal.

Durante unos días, donde antes había vacío, existe una ciudad imposible. Después, el polvo vuelve a cubrirlo todo. Las estructuras desaparecen, las luces se apagan y el desierto recupera su silencio.

Pero algo permanece: la certeza de que miles de personas imaginaron otro mundo y, aunque fuera por un momento, consiguieron hacerlo real.

Fers OrtizEscribe para Beat 100.9.
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