
Antes de que aquí se bailara techno, el edificio fue una central eléctrica. Sus paredes de concreto y sus enormes dimensiones pertenecían a otra época: era una ciudad dividida, una industria que desaparecía y una arquitectura construida para producir energía. Hoy esa misma estructura recibe miles de personas y la música genera frecuencias capaces de contener el aire durante segundos.
En la pista principal, la altura convierte cada golpe en algo se desprende del suelo. Las reflexiones llegan desde las superficies y regresan mezcladas con una energía larga y oscura. El sonido no proviene de un punto determinado: habita el edificio entero.
Bailar aquí es escuchar a una antigua fábrica que se convirtió en un instrumento. Así suena Berghain, en Berlín.